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Rosa

Tiene 43 años, es madre de siete niños y su marido la abandonó al casarse por segunda vez. Es una mujer que tiene clara la importancia de la educación como herramienta de progreso. “Quiero que todos mis hijos vayan al colegio. Por eso, cada día meto en una caja una kwacha y ahorro casi todo lo que saco de la venta de los pollos para pagar las tasas del colegio de cada uno”, dice con una voz grave mientras sostiene al más pequeño en brazos.

Nos guía hasta la parte de atrás de la casa para que veamos el pequeño negocio que ha montado para subsistir. En una sala iluminada por una bombilla da de comer pienso a unos veinte polluelos con la idea de venderlos a sus vecinos en un futuro. Nos lleva a otra habitación contigua donde nos enseña más pollos, estos de mayor tamaño, listos para vender. Rosa habla sin parar, claro y alto (aunque a mí me lo tengan que traducir del idioma tonga), a diferencia de muchas mujeres en Zambia, que han sido educadas para que no se les oiga.

Está contenta con nuestra visita pero para ella no es suficiente con los pollos y la máquina de palomitas que ha puesto a la entrada de la casa, también para sacar otro dinero extra. Necesita ayuda porque quiere liderar un grupo de mujeres. Su idea es plantar verduras en un terreno y venderlas después a Shoprite, la mayor cadena de supermercados en Zambia.

Asegura tener los contactos, solo necesita apoyo y asesoramiento para llevar a cabo su idea de negocio. En la despedida me da la mano fuerte, sin soltarla, un gesto típico de la gente aquí, y aprovecho para decirle que me parece un ejemplo de lucha y superación. Porque no se rinde y tiene ideas. Porque no le queda más remedio ni tampoco espera encontrar a un hombre que la “salve” económicamente. Porque es un ejemplo de inspiración no solo para otras mujeres de su comunidad sino para quienes tuvimos el placer de conocerla.

 

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