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Mar de plástico

La mayor concentración de invernaderos del mundo. Para llegar a Roquetas de Mar, que tiene una de las mayores tasas de inmigración con 186 nacionalidades diferentes, tienes que atravesar este otro mar de plástico. Ruedas de bicis sosteniendo techos que se caen, alambres, palanganas, piedras que sostienen el otro lado de la pared, ni una sombra en este mar del desierto. Por momentos me recuerda a África pero estoy en Almería.
Aparcamos al lado del puerto en una pequeña cala donde hay unos pocos lugareños tomando el sol. Se nos ha caído la garrafa de agua en el colchón de la furgo y lo sacamos para que se seque en las rocas. Durante la espera, de la gente que hay, me fijo en un joven que parece que viene nadando de lejos. Lleva unos calzoncillos negros, se acerca a la roca y coge su mochila de entre las piedras. Se sienta cerca, suspira, su mirada se pierde en el horizonte, parece muy concentrado en sus pensamientos y siento que guarda dentro mucho dolor. Vuelve al agua y nada hasta la claraboya en un abrir y cerrar de ojos, mientras el resto de la gente toma el sol, ríe y disfruta tranquila. Repite el ritual unas cuantas veces y me pregunto cuál será su historia. Se acerca poco a poco como si tuviera ganas de hablar y le ofrezco la bolsa de patatas fritas.
Karem es marroquí y habla muy poco español. Lo ha aprendido en Bélgica donde trabajaba en un supermercado. También ha vivido en Alemania, Francia y Suiza. Lleva 10 años fuera de su tierra trabajando. Ahora busca trabajo en Almería pero no tiene papeles. Duerme en la calle. Todas sus posesiones están en esa mochila que deja en la arena mientras nada con fuerza para no pensar. Dice que en el agua se olvida de sus problemas. No entiendo muy bien todo lo que le ha pasado pero siento profundamente su dolor. Mientras me habla de los avatares de su vida lloro pero él no puede ver las lágrimas porque llevo gafas de sol. También reímos cuando intento hablarle en alemán y las pocas palabras que aprendí de árabe en Turquía.
Le intento ayudar con lo poco que tengo: comida, la batería del móvil externa para que cargue el suyo y cuando le pregunto qué más puedo hacer por él me dice que nada. Que ya es suficiente y que me lo agradece de corazón. «Dios es grande y me ayudará». Sé que se buscará la vida y tiene fuerza, no solo en los brazos.
El guarda de seguridad del parking donde hemos pasado la noche es de Roquetas y me cuenta que no hay trabajo en la ciudad. Su hijo, con carrera, ha tenido que salir fuera para buscarse la vida. Ahora le va genial en Míchigan y encarna el sueño americano. Ha podido estudiar con una beca de deportes, tiene un buen sueldo, coche y una novia de allí.
Al salir de Roquetas pasamos por un parque donde duermen varios inmigrantes en condiciones infrahumanas. ¿Qué les dirán a sus familiares cuando les pregunten por el sueño español? Me pregunto dónde habrá pasado la noche hoy Karem y si volverá a buscar suerte en el puerto. Sabe nadar y pescar pero no tiene papeles.
Aunque haya salido varias veces en los medios el paisaje en vivo impresiona. La mayor concentración mundial de estas estructuras con 21.078 hectáreas invernadas. Es, junto a la gran muralla china, una de las obras realizadas por el hombre que se hace visible desde el espacio exterior. Según un documental de 2007, los inmigrantes cobran entre dos y dos euros y medio cada hora por trabajar a 45 grados.
Volvemos a cruzar este mar de plástico. Volvemos a cruzar este mar de la vergüenza.

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