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De viajes y hucha

Un tipo con mirada azul, como la del mar de su tierra. Ojeroso, de tantas horas en el camión, llevando pescado de Escocia a Galicia y viceversa. Me habla de la diferencia entre la pesca de merluza y rape, la primera se recoge en aguas no profundas y la segunda lo contrario. Me habla de la nasa y como no sé qué es, me dice que googlee luego el término para que vaya aprendiendo un poquinho del sector. Que su mejor amigo está forrado porque se dedica a la compra de montes donde corta la madera para hacer vigas para el cultivo de mejillones. Interesante lo que aprende una en Blablacar. Y me cuenta la clave del negocio de su colega: que las mujeres de los socios y hermanos de la empresa no se involucren en ella. «No lo digo yo pero las mujeres estadísticamente sois mucho más malas». Le rebato la estadística que no sé de dónde se la ha sacado y le invito a que googlee el término sororidad para que vaya aprendiendo un poco de mujeres. Se me hincha la vena varias veces pero la conversación es siempre con respeto y calma. De eso se trata, ¿no?
Las horas entre Bilbao y Santiago se me pasan volando. Ha trabajado en Mauritania, Escocia, México o Marruecos. A veces con el camión y otras en plataformas. Petrolíferas. Lo digital no va con él. De hecho, dice que sigue sin aclararse con la cuenta de Blablacar que le abrió su nieta, después de que una amiga de su mujer le contara que iba de Vigo a Coruña todas las semanas compartiendo coche. «Yo te abro una pero lo que ganes es para mí», dice Valentín que le comentó su nieta Irene con 11 años. Y él como la quiere mucho le hizo caso. Le digo que su nieta debería entrar en el consejo de administración de su colega de la empresa de vigas y entonces se ríe. Valentín dice que en dos años ya lleva 1.600 euros ganados con Blablacar. La gasolina va aparte. Calcula que llegará a los 10.000 en los años que le quedan para jubilarse y que ese dinero «no se toca». Ya verán sus hijos cómo lo utilizan para su nieta. Hablamos de herencias, del mal uso del dinero, de corrupción, generosidad, familia. Mientras tanto, el gallego de ojos azules, seguirá transportando pescado, peregrinos y gente que disfruta con historias del mar y de la vida, al tiempo que sus viajes le sirven para ir engordando la hucha de su nieta.

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