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La mano del corazón

Perderme, callejear y pararme a hablar con los comerciantes de las calles colindantes que desembocan en la gran plaza Yamaa el Fna de Marrakech. La vida fluye en ella a gran velocidad y observo curiosa las discusiones entre algunos hombres que gritan en medio de una plaza abarrotada de gente, el mono que pide a gritos ser liberado de la cadena que le ata a un dueño que solo espera unos cuantos dirhams de algún turista despistado, las mujeres de la henna empeñadas en dibujar su arte en otras manos, los vendedores de zumos que agitan sus manos a distancia para llamar mi atención o los dos hombres disfrazados de mujer haciendo reír en un show a un círculo que aplaude y ríe cada uno de sus movimientos. Todo pasa al mismo tiempo.

De vuelta por las mismas calles, parándome a hablar y echando de menos la sensación de viajar sola, sin prisas, sin rumbo fijo, descubriendo lugares a través de sus locales, paso por una tienda en la que veo a un señor sentado en una silla cuyos ojos irradian luz. Después de una pequeña charla, se levanta, escoge unos pendientes de plata, los envuelve en un papel y me los da. Le insisto en que no puedo aceptarlos y me dice que por favor los coja porque esos pendientes simbolizan la hospitalidad de su pueblo. Tímida saco dinero y ahora me dice él que por favor me guarde los dirham. «Te los doy porque quiero hacerte un regalo. Ofrecer por el gusto de ofrecer», me dice sonriente llevando su mano derecha al corazón.

 

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